jueves, 24 de enero de 2019

Nuestro más precioso Tesoro



        Todos tenemos preferencias por una u otra cosa en la vida:  algunos prefieren una cabaña en las montañas nevadas, donde poder pasar el fin de semana junto a la chimenea y salir a esquiar; mientras que otros preferimos un chalet al lado del mar, para poder disfrutar de un buen bronceado, una caminata en la arena por la mañana y la tarde, y jugar con las olas del mar.  De igual forma unos preferimos las comidas con menos grasa y menos azúcar; mientras que otros necesitan y disfrutan el mucho carbohidrato; unos deseamos ansiosamente las ensaladas frescas con muchos vegetales crudos y un exquisito aderezo cremosos, mientras que otros optan por las sopas calientitas.  Y así podríamos continuar con una interminable lista de todas las cosas que nos otorgan placer y bienestar.   

             Todas las cosas materiales tienden a deteriorarse con el tiempo, por bueno y constante que sea el cuidado que les demos.  Algunas quedan irreparables porque ha caducado su tiempo de vida, y otras pasan de generación a generación, guardadas como reliquias o antigüedades. Con el tiempo van cambiando también nuestros gustos y nuestras necesidades, nuestra comprensión de la vida se va ampliando y perfeccionando, y con ello nuestra capacidad de disfrutarla.  Y una pieza muy importante en este proceso son nuestros hijos.
Quiero aclarar que no es necesario pasar por el matrimonio y el embarazo para entender este valioso punto, basta con encontrar el tiempo del corazón y encontrar a alguien en quien poder desbordar el amor que llevamos dentro y con quien redescubrir el propósito de la vida y su belleza.
¡Cuánto placer nos otorga un baño caliente, una cómoda almohada, un agradable sillón, un suéter suave y caliente, música relajante, un premio por un logro, un regalo inesperado!
En momentos de desánimo, de circunstancias adversas, enfermedades o temores todas esas cosas nos reconfortan, junto con el recuerdo de todos los momentos agradables vividos en diferentes etapas y lugares.  Los tiempos malos siempre pasan y dejan de ser, pero las victorias siguen con nosotros, haciéndonos personas más centradas, fuertes, definidas, maduras, comprensivas, sensibles, misericordiosas, sabias, pacientes.

Si llegásemos a perder una preciosa casa por un terremoto, o un buen carro por un accidente ciertamente es una gran pérdida, pero los momentos vividos junto a ellos irán con nosotros por el resto de nuestros días, y lo nuevo que ha de venir traerá consigo crecimiento y nuevas experiencias y buenos momentos para vivir.
Hay cosas en la vida que no nos es dado escoger, como nuestra nacionalidad, nuestra raza, el color de nuestra piel y nuestro destino.  No escojo con quiénes toparme cada día, pero sí escojo darles los buenos días y sonreírles, entablar una conversación o evadir su mirada. No escojo pescar un virus, pero sí tomo las medidas necesarias para evitarlo.  No escojo tener una apendicitis o una amigdalitis, pero sí tomo el rumbo inteligente de una operación inmediata.

Dios tiene el control de todo lo que sucede dentro de mí y a mi alrededor, pero me ha dotado de un don llamado libre albedrío.  Por este libre albedrío puedo escoger caminos equivocados que me traerán tristeza, dolor, miseria (física, material, emocional, espiritual) tanto por ignorancia como por soberbia (rebelión).  Sin embargo, la vida misma con sus situaciones sigue presentándome la opción y la oportunidad de escoger la inteligencia, la verdad y la felicidad.
Durante decenios se ha venido practicando el aborto en el mundo, cauterizando la conciencia del ser humano, endureciendo su corazón y entenebreciendo su entendimiento en cuanto a la comprensión acerca del don maravilloso que es la vida.  Ningún ser humano pide un aborto porque odie su vida, sino porque quiere vivirla al máximo. Las personas no evitan a los hijos (en la mayoría de los casos) por protegerlos de dolor y sufrimiento, sino porque se les considera una carga y un estorbo.  El placer que un hijo otorga supera indescriptiblemente el placer que cualquier otra cosa material pueda concedernos.
Cuidamos lo material de manchas, golpes, rallones, óxido, etc., y nos esforzamos por alargar el bienestar que todas estas cosas nos dan, tanto tiempo como sea posible.  Deseamos disfrutar lo que vemos, tocamos, oímos, olemos y gustamos.  En la medida en la que cuidamos nuestras posesiones podremos disfrutar de ellas.
Con nuestros hijos es igual.

Un tesoro no se deja tirado y olvidado, no se ignora y descuida.

Desde el momento en el que nuestros hijos empiezan a desarrollarse en el vientre se inicia una conexión entre ellos y el mundo a su alrededor.  Mi hijo percibirá mis emociones y mis sentimientos.

Nadie tiene que estar detrás de mí para que yo me bañe, lave mi pelo, arregle mis uñas, lave mi ropa, cocine, limpie mi casa, ordene mi escritorio, … son cosas que salen de dentro de mí porque hacerlas me beneficia.  Me siento bien, libre, limpia, sana, fuerte, descansada, organizada.  No tengo picazón, ni hambre, ni temores de no encontrar una factura, de resultar con hongos, piojos o gastritis.  Hacer las cosas en orden me bendice y hace mi vida grata, deseable y fructífera.
Al entrar en interacción con otros seres humanos puede haber un choque por la diferentes creencias, opiniones, percepciones, prioridades, etc.  Pero nuestros hijos son un don.  Son un precioso regalo, un privilegio y una responsabilidad.  Nuestros hijos son un tesoro que nos es encomendado y puesto en nuestras manos tanto para cuidar de él como para disfrutar de él.

La vida se compone de etapas.  Cada etapa tiene su belleza, su propósito y su dificultad. Si logramos hacer cada cosa en su tiempo, lograremos la plenitud que la vida nos ofrece y la felicidad verdadera y duradera que todos, como seres humanos, anhelamos.
Para ello es necesario cerrar ciclos inconclusos que podemos estar arrastrando con nosotros, como cadenas de frustración, dudas, temores, dolor, resentimiento, etc. Y resolver todo aquello que pueda infundirnos temor debido a nuestra incapacidad para afrontar con responsabilidad y excelencia la etapa en la cual nos encontramos.  Debemos instruirnos, equiparnos, informarnos.
Todos dedicamos tiempo y fuerzas en el aprendizaje de nuestras primeras capacidades, necesidades y obligaciones, como caminar, comer, ir al baño, lavar nuestros dientes, amarrar nuestras correas, peinarnos, bañarnos, hablar.  Aunque la mayoría de nosotros ni siquiera recordemos cómo lo hicimos ni cuánto nos costó.
Luego vienen aquéllas cosas de las cuales ya tenemos memoria:  pintar, recortar, pegar, leer, escribir, sumar, restar, multiplicar, dividir, … y a esta lista se van agregando tantas cosas que no nos alcanzaría un día para enumerar todo aquello que va conformando nuestra vida, nuestra individualidad, nuestra identidad.
Una cosa debemos tener todos en común:  nuestra felicidad.  No importando lo que hayamos escogido hacer, el camino que hayamos decidido seguir ni lo que hayamos logrado de ello, todos debemos tener el común denominador de la felicidad.

Todos nacemos para ser felices.
Dios nos concede la vida para conocer la felicidad.  La felicidad de existir, la felicidad de ser únicos, la felicidad de descubrir, de desarrollar, de sentir, de aprender, de comprender, de crecer, de disfrutar, de luchar y vencer, de amar y vivir.
Si nos tomamos el tiempo para observar a los recién nacidos, sin ningún prejuicio ni ánimo de comprobar nada, vamos a darnos cuenta de que hemos dirigido de tal modo la vida hacia el materialismo y el egoísmo que estábamos fallando en darnos cuenta de cuán gran tesoro nos ha sido otorgado y cuán poco se nos ha enseñado en realidad acerca de la vida.
¡Cuán frágil, cuán indefenso, cuán diminuto es un bebé!  Lo único que puede hacer por sí mismo es llorar para expresar una necesidad que no podemos conocer más que por observación o intuición. Sólo si yo le he dado de comer sé que no puede ser hambre, … podría ser frío o calor,  tal vez su pañal está sucio, tal vez está aburrido de estar en la misma posición o tal vez siente alguna picazón, … o tiene tal vez un pequeño dolor de estómago porque no salieron bien sus gases después de comer …
Debido a nuestro desconocimiento fallamos en cuidar como conviene a nuestros preciosos tesoros desde un principio.  Las costumbres, las supersticiones, la falta de temor de Dios, el miedo, nos alejan del amor protector que tiene la capacidad de instruirse y ocuparse de las necesidades de estos pequeños retoños.
Con sólo verlos hay algo que nos hace saber que estamos ante algo que demanda gran cuidado.  Sabemos que deben ser tratados con cuidado, delicadeza y ternura.

¿Quién de nosotros permite que nuestro hijo de 10 años se suba al carro y lo agarre para aprender a manejarlo? ¿Quién no toma todas las precauciones necesarias para que no vaya a arruinar la caja de velocidades al querer cambiar sin empujar el clutch? ¿Quién de nosotros permite que su bebé de 7 meses juegue con su tel. celular? ¿Qué arquitecto, ingeniero o diseñador gráfico permite que su hija juegue con sus planos y dibujos en la computadora? ¿Qué cirujano permite que la enfermera dirija la operación?

Hemos logrado avanzar grandemente en cuanto al conocimiento de las ciencias y hemos entendido que la vida es algo muy frágil que está sostenido por un orden perfecto, por lo cual es imposible alterar el orden sin ver consecuencias negativas de ello.  Hay errores pequeños, hay faltas que pueden ser fácil y rápidamente corregidas, y hay desviaciones dramáticas que llevan las cosas hasta la destrucción total o la muerte (un medicamento equivocado en un paciente delicado, no respetar un alto o semáforo en rojo, jugar con animales mortales como la ballena asesina, el tiburón, el caimán o la serpiente, etc.).  Pero apenas estamos empezando a entender que el ser humano no es solamente un cuerpo y un cerebro, sino está básicamente sostenido por su corazón.
La vida materialista, como ha quedado comprobado a lo largo de toda la historia, conduce al hombre a la ambición, al hambre de poder, de dominio, al irrespeto del libre albedrío y a transgredir las leyes de Dios que son perfectas en verdad y justicia.  Si no hemos logrado que haya respeto entre el esposo y la esposa, entre el padre y el hijo, entre el maestro y el alumno, cómo esperamos que haya respeto entre las naciones, las razas o las religiones?
El mandamiento que Dios le dio al Hombre fue el de amar a Dios sobre todas las cosas (reconocerlo, respetar su orden, obedecerlo, y finalmente adorarlo) y a su prójimo como a sí mismo.  Al reconocer a Dios y obedecerlo nos sabemos amados por El:  estamos recibiendo y agradeciendo todas sus bendiciones: habilidades, salud, recursos, logros, etc., y al sabernos amados podemos ejercitar el amor propio y extenderlo al prójimo.
Según el mandamiento de Dios el amor al prójimo sólo es posible en la medida en la que yo me amo a mí mismo/a.
Cualquiera que desea amar y no ha logrado el amor propio como sabe que pudiera o debiera ser, tiene una gran oportunidad en sus hijos.  El corazón dispuesto es como un par de ojos abiertos.  Se tiene la capacidad de ver, reconocer y aprender.

Al acercarnos a ese precioso hijo/a con la disposición de amarlo se inicia un proceso de descubrimiento hacia adentro y hacia afuera.  A medida que descubro a mi hijo, voy descubriendo áreas iguales en mí, o bien, áreas diseñadas para funcionar de la mano con las de mi hijo, así como mis limitaciones y la grandeza del amor de Dios a mi alrededor.
Cada uno tiene su propio temperamento, sus propias inclinaciones, sus propias habilidades.  Con nuestros hijos vamos a descubrir la belleza y la importancia de la individualidad y la trascendencia y justicia de Dios en Sus leyes perfectas.

El amor doma, somete y descarta el egoísmo, el orgullo y todos sus derivados: celos, envidia, falta de perdón, competencia, vanidad, materialismo, insensatez, etc.
Al haber un ambiente de amor va a gobernarnos y rodearnos un espíritu de libertad que irá encaminando todas nuestras decisiones y acciones al bien común: la felicidad, la justicia, la plenitud.
Con mi hijo voy a redescubrir tanto las cualidades como los defectos que como parte de la raza humana todos traemos dentro:  la curiosidad, la persistencia, la habilidad de razonar y relacionar, la capacidad de recordar y aprender, la inclinación hacia una u otra cosa, la necesidad de ser dirigidos, protegidos y disciplinados, el hambre de amor y la docilidad para responder a él, etc.
Entonces nos será totalmente fácil entender que muchas de nuestras fallas se deben a que no fuimos guiados y enseñados en amor, sino en temor.  Se nos enseñó a temer el castigo y a someternos para evitarlo.  No se nos enseñó a temer a un Dios bueno y justo que nos colma de cosas buenas al caminar en Sus leyes voluntariamente por amor.  No se nos enseñó a encausar nuestra identidad en la libertad del amor, sino que se nos encerró en un círculo tan pequeño que ya no tuvimos espacio para descubrirnos y poder dirigir nuestra individualidad hacia la corriente de la vida.

Es muy importante que veamos la individualidad de nuestros hijos como un tesoro a cuidar.  Debemos descubrir sus habilidades, sus dones, su temperamento, … comprender sus temores, sus ansias, sus sentimientos, … debemos tener el cuidado debido para protegerlos y guiarlos sin limitarlos ni extraviarlos, alejándolos de su identidad nata.  Podemos y debemos impartirles valores, principios, enseñarles virtud, ayudarles a formar su carácter, pero nunca  quebrar su amor propio ni su fe en la bondad, la felicidad, la libertad y el amor.  A través del ejemplo y la presencia, con paciencia y misericordia, con fortaleza y perseverancia, con inteligencia y sabiduría debemos apoyarlos para vencer sus debilidades y cultivar sus fortalezas.  Y nosotros mismos debemos examinarnos constantemente, con toda honestidad y humildad, estando dispuestos a reconocer toda falta e imperfección para continuar junto a ellos nuestro propio proceso de crecimiento, madurez y persecución de la perfección.  Aún habiendo logrado nuestro potencial y plenitud en carácter el encuentro con cada ser humano representa una nueva aventura, especialmente tratándose de niños, pues estos se encuentran en un constante cambio y crecimiento.  Hay etapas de dolor, de lucha, de desesperación, de desánimo, y todo esto debe vencerse a través del entendimiento correcto del funcionamiento de la vida.  Comprendiendo las etapas correctamente y afrontándolas con valentía y amor podemos transformar el dolor y la desesperación en reto y aventura, así como la desesperación y el desánimo, … premiando el esfuerzo y no el logro.  Valorando y exaltando la actitud correcta y no la conquista, y aceptando toda renuncia con misericordia y benignidad, con paciencia, fe y esperanza, esperando el tiempo oportuno para retomar el esfuerzo y renovar el intento.
El amor es nuestro guía, nuestro termómetro, nuestro medidor de presión, … nuestro mejor consejero y maestro, así como el que nos recompensa constantemente y nos anima a continuar por el camino de la vida, la unidad, la fuerza, el consuelo y la felicidad.

Nunca debemos permitir que nuestros hijos reciban mensajes ni información negativa y destructiva acerca de sí mismos, ni de su entorno.  El amor nos llena de sabiduría para ir adelante y afrontar la realidad y transmitirles la verdad con un profundo sentido de seguridad.
Es importante aprender a elogiar y animar siempre todo lo positivo primero y luego hablar de aquellas cosas que necesiten atención, cambio o incluso reprensión (esta última se aplica solamente al haber rebelión).
Nuestros hijos deben saber que estamos allí para amarlos, comprenderlos, guiarlos, protegerlos, proveerles y ayudarlos para desarrollar su potencial para llegar a ser personas autosuficientes, capaces de aportar en su sociedad y en la Tierra, según los dones que el Creador depositó en ellos según Su bondad y soberanía.
No debemos imponer nuestras preferencias, gustos o perspectivas, sino compartirlas con ellos para darles una opción en la vasta gama de posibilidades que la vida nos ofrece.
  
Vivir es un arte que todos debemos aprender.  La vida no puede ser manejada con palabras, pero la validez y valor de ellas tampoco deben ser desconocidos ni subestimados.  Como personas amorosas e individuales debemos descubrir la mezcla perfecta de ingredientes para hacer de la vida algo maravilloso dondequiera que nos encontremos:  ingenio, paciencia, iniciativa, misericordia, fuerza, inteligencia, alegría, perdón, comprensión, observación, ejemplo, humildad, presencia, servicio, verdad, perseverancia, provisión, abnegación, ternura, afecto, …
El secreto de la felicidad está en hacer lo que debe hacerse en el momento en el que debe hacerse.  Aprender de las experiencias de otros, de aquéllos que nos preceden, y vivir al día, no arrastrando el pasado ni evadiendo ni temiendo el mañana contribuirá  grandemente a una más pronta felicidad, así como a una felicidad más real y duradera.

Ver la pureza, la espontaneidad, la capacidad para perdonar, aprender y disfrutar de nuestros hijos renovará una y otra vez nuestra fe en el amor y nos mantendrá anclados a la verdad.

Como padres debemos:  En la primera etapa de descubrimiento, de los 0 a los 10 años:  pro-tegerlos, enseñarles (la verdad pura), guiarlos, disfrutarlos, compartir con ellos nuestras vidas.  De los 10 a los 20: defenderlos, protegerlos, ayudarlos en donde ellos lo necesiten aunque no lo reconozcan, respetar su individualidad.  De los 20 a los 30:  estar allí para ellos cuando nos necesiten, ser sus amigos, comprenderlos, apoyarlos en todo lo que esté bien, y hablarles claramente en cuanto a todo lo que consideramos malo para ellos.  A partir de la cuarta etapa sólo podemos ser parte de sus vidas tanto como ellos lo deseen y permitan.

En la primera etapa son nuestros, nuestro privilegio y nuestra responsabilidad.  En la segunda, aún son nuestra responsabilidad, pero empezamos a soltarlos para enseñarles a volar solos.  En la tercera debemos aprender a dejarlos volar solos y a reaprender a vivir sin su cercanía ni dependencia de nosotros.  En la cuarta ya todo depende de las decisiones que ellos hayan tomado y del rumbo que tomen sus vidas.

La segunda etapa es la más conflictiva y dolorosa porque se da el desprendimiento.  Ellos empiezan a disfrutar ser ellos mismos y a dejar de ser niños para pasar a ser adultos.  Entre más grande sea el cambio del niño al adulto más difícil será esta etapa para los padres.  Pero eso es amar.  Para eso es el amor, para compartir, comprender, y llegar a la madurez que nos concede la felicidad individual lícita, dándonos un infinito de posibilidades en la tierra, y definiendo nuestro destino eterno en la presencia del Creador más adelante.  El secreto de la felicidad está en disfrutar cada día, cada momento, cada etapa, sin anhelar el mañana ni repudiar el ayer, sino aprendiendo, enriqueciendo nuestras vidas y aceptando lo que venga.  Lo que ya vivimos nada ni nadie puede arrebatárnoslo, y estará en nuestro cofre de tesoros a lo largo de toda nuestra vida.  Para ellos también puede ser difícil esa segunda etapa porque deben respetar nuestros valores y principios, aunque no los compartan, mientras vivan bajo nuestro techo.  (No debemos confundir esto con aceptar, pero sí respetar.)
No importando para quién sea más doloroso, difícil y duro, y para quién sea más agradable, dulce y prometedor el separarse al partir los hijos e irse del nido, es un cambio dramático en la vida.  Debemos estar conscientes de esto, y debemos comprender que tanto los padres como los hijos necesitamos esta separación debido a la individualidad y al madurez.  Si se da que la afinidad entre los hijos y padres sea tal que la relación se mantenga estrecha, será algo grato para ambas partes.  Pero esta no es la regla.  Debemos, por lo tanto, abrazar los momentos que nos son otorgados, los años de convivencia, para no lamentar no haber vivido intensamente y al máximo un tiempo que jamás volverá y que nada ni nadie podrán reponer.

 Doy gracias a Dios por el más grande tesoro que he recibido de El desde que estoy sobre la faz de la tierra, y ese tesoro son mis dos preciosos hijos.

                Los tesoros se guardan, se protegen, se tienen por algo honroso, nos conceden seguridad, nos exaltan, nos llenan de paz y alegría, son un seguro y una razón de fiesta, … ¡celebremos cada día nuestro precioso haber y vivamos agradecidos por tan gran privilegio y tan bella responsabilidad!


“Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos :  ¡Abba Padre!  El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu  de que somos hijos de Dios.”  Rom. 8:15-16


"Cuando te conviertas en padre recuerda:
Los hijos son enviados a través de nosotros -  no a nosotros."


"La maternidad es tener una sociedad con Dios."
                                                                                              Seasons of the Heart



Recomendaciones: 
Libro:  "Cómo criar hijos con actitudes positivas en un mundo negativo."  de Zig Ziglar
Blog:  "La Lengua"
Canción:  Whitney Houston,  "The greatest love of all"











Hogar, dulce Hogar

Ya los lindos cuadros adornan las paredes.
Peluches, colchitas y juguetes musicales.
Las almohaditas también esperan
la llegada del nuevo ser, al que todos añoran. 

               
Ropita en suaves colores pastel, para él escogida,
junto a la cuna en donde pasará
los primeros días de su vida.


Un hombre y una mujer
sus vidas en amor han unido.
Este camino, juntos, han decidido recorrer,
formando un nuevo nido.
                                                         

Con muchos sueños por delante,
y con paso constante,
metas anhelan alcanzar;
con fuerza y paciencia,
con fe y perseverancia.
        
Pronto ha de oirse en el corredor
una vocecita más, fruto de su amor.

Cada cosa está ya en su lugar:
La cocina, coqueta y bien equipada,
para exquisitas comidas preparar;
El elegante comedor,
en donde gratas veladas han de pasar.
                                                           

La sala, bellamente arreglada
para allí cómoda y largamente descansar
y con los invitados poder conversar.


Los baños adornados de lindos colores
y los adornos y las flores                                         aportando deliciosos olores.

Para la limpieza y la provisión
también hay organización.
Todo ha sido provisto;
ya todo está listo.
 

Para unidos en amor crecer:
dar y recibir,                                              
llorar y reir,
luchar y vencer (y nunca perder,
pues el amor tener y en él permanecer
la victoria segura es),
Dios ha dispuesto un lugar:
es el hogar.

Al este camino juntos recorrer
constantemente hemos de aprender y crecer
hasta un día, nuestro propio camino escoger;
para nuevas cosas descubrir
y otros sueños perseguir.


Pero siempre, siempre, siempre,
a ese lugar que nos ayudó a crecer
podremos, una y otra vez, volver;
a donde nuestros ojos aprendieron a ver
y a la vida apreciar y reconocer:


Pureza, paz, unidad
justicia, alegría, fidelidad.


Dondequiera que vayamos
en el corazón lo llevamos,
y dondequiera que estemos
uno más estableceremos.


Hogar, dulce hogar,
donde la paz siempre se ha de hallar:

Calor y devoción,
descanso y provisión,
justicia y libertad ,
amor y verdad.

Dulce, de verdad.