Todos tenemos
preferencias por una u otra cosa en la vida:
algunos prefieren una cabaña en las montañas nevadas, donde poder pasar
el fin de semana junto a la chimenea y salir a esquiar; mientras que otros
preferimos un chalet al lado del mar, para poder disfrutar de un buen
bronceado, una caminata en la arena por la mañana y la tarde, y jugar con las
olas del mar. De igual forma unos
preferimos las comidas con menos grasa y menos azúcar; mientras que otros
necesitan y disfrutan el mucho carbohidrato; unos deseamos ansiosamente las
ensaladas frescas con muchos vegetales crudos y un exquisito aderezo cremosos,
mientras que otros optan por las sopas calientitas. Y así podríamos continuar con una interminable
lista de todas las cosas que nos otorgan placer y bienestar.
Todas las cosas materiales tienden a deteriorarse con el tiempo, por bueno y constante que sea el cuidado que les demos. Algunas quedan irreparables porque ha caducado su tiempo de vida, y otras pasan de generación a generación, guardadas como reliquias o antigüedades. Con el tiempo van cambiando también nuestros gustos y nuestras necesidades, nuestra comprensión de la vida se va ampliando y perfeccionando, y con ello nuestra capacidad de disfrutarla. Y una pieza muy importante en este proceso son nuestros hijos.
Todas las cosas materiales tienden a deteriorarse con el tiempo, por bueno y constante que sea el cuidado que les demos. Algunas quedan irreparables porque ha caducado su tiempo de vida, y otras pasan de generación a generación, guardadas como reliquias o antigüedades. Con el tiempo van cambiando también nuestros gustos y nuestras necesidades, nuestra comprensión de la vida se va ampliando y perfeccionando, y con ello nuestra capacidad de disfrutarla. Y una pieza muy importante en este proceso son nuestros hijos.
Quiero aclarar
que no es necesario pasar por el matrimonio y el embarazo para entender este
valioso punto, basta con encontrar el tiempo del corazón y encontrar a alguien
en quien poder desbordar el amor que llevamos dentro y con quien redescubrir el
propósito de la vida y su belleza.
¡Cuánto placer
nos otorga un baño caliente, una cómoda almohada, un agradable sillón, un
suéter suave y caliente, música relajante, un premio por un logro, un regalo
inesperado!
En momentos de
desánimo, de circunstancias adversas, enfermedades o temores todas esas cosas
nos reconfortan, junto con el recuerdo de todos los momentos agradables vividos
en diferentes etapas y lugares. Los
tiempos malos siempre pasan y dejan de ser, pero las victorias siguen con nosotros,
haciéndonos personas más centradas, fuertes, definidas, maduras, comprensivas,
sensibles, misericordiosas, sabias, pacientes.
Si llegásemos
a perder una preciosa casa por un terremoto, o un buen carro por un accidente
ciertamente es una gran pérdida, pero los momentos vividos junto a ellos irán
con nosotros por el resto de nuestros días, y lo nuevo que ha de venir traerá
consigo crecimiento y nuevas experiencias y buenos momentos para vivir.
Hay cosas en
la vida que no nos es dado escoger, como nuestra nacionalidad, nuestra raza, el
color de nuestra piel y nuestro destino.
No escojo con quiénes toparme cada día, pero sí escojo darles los buenos
días y sonreírles, entablar una conversación o evadir su mirada. No escojo
pescar un virus, pero sí tomo las medidas necesarias para evitarlo. No escojo tener una apendicitis o una
amigdalitis, pero sí tomo el rumbo inteligente de una operación inmediata.
Dios tiene el
control de todo lo que sucede dentro de mí y a mi alrededor, pero me ha dotado
de un don llamado libre albedrío. Por
este libre albedrío puedo escoger caminos equivocados que me traerán tristeza,
dolor, miseria (física, material, emocional, espiritual) tanto por ignorancia
como por soberbia (rebelión). Sin
embargo, la vida misma con sus situaciones sigue presentándome la opción y la
oportunidad de escoger la inteligencia, la verdad y la felicidad.
Durante
decenios se ha venido practicando el aborto en el mundo, cauterizando la
conciencia del ser humano, endureciendo su corazón y entenebreciendo su
entendimiento en cuanto a la comprensión acerca del don maravilloso que es la
vida. Ningún ser humano pide un aborto
porque odie su vida, sino porque quiere vivirla al máximo. Las personas no
evitan a los hijos (en la mayoría de los casos) por protegerlos de dolor y
sufrimiento, sino porque se les considera una carga y un estorbo. El placer que un hijo otorga supera
indescriptiblemente el placer que cualquier otra cosa material pueda
concedernos.
Cuidamos lo
material de manchas, golpes, rallones, óxido, etc., y nos esforzamos por
alargar el bienestar que todas estas cosas nos dan, tanto tiempo como sea
posible. Deseamos disfrutar lo que
vemos, tocamos, oímos, olemos y gustamos.
En la medida en la que cuidamos nuestras posesiones podremos disfrutar de
ellas.
Con nuestros
hijos es igual.
Un tesoro no
se deja tirado y olvidado, no se ignora y descuida.
Desde el
momento en el que nuestros hijos empiezan a desarrollarse en el vientre se
inicia una conexión entre ellos y el mundo a su alrededor. Mi hijo percibirá mis emociones y mis
sentimientos.
Nadie tiene
que estar detrás de mí para que yo me bañe, lave mi pelo, arregle mis uñas,
lave mi ropa, cocine, limpie mi casa, ordene mi escritorio, … son cosas que
salen de dentro de mí porque hacerlas me beneficia. Me siento bien, libre, limpia, sana, fuerte,
descansada, organizada. No tengo
picazón, ni hambre, ni temores de no encontrar una factura, de resultar con
hongos, piojos o gastritis. Hacer las
cosas en orden me bendice y hace mi vida grata, deseable y fructífera.
Al entrar en
interacción con otros seres humanos puede haber un choque por la diferentes
creencias, opiniones, percepciones, prioridades, etc. Pero nuestros hijos son un don. Son un precioso regalo, un privilegio y una
responsabilidad. Nuestros hijos son un
tesoro que nos es encomendado y puesto en nuestras manos tanto para cuidar de
él como para disfrutar de él.
La vida se
compone de etapas. Cada etapa tiene su
belleza, su propósito y su dificultad. Si logramos hacer cada cosa en su tiempo,
lograremos la plenitud que la vida nos ofrece y la felicidad verdadera y
duradera que todos, como seres humanos, anhelamos.
Para ello es
necesario cerrar ciclos inconclusos que podemos estar arrastrando con nosotros,
como cadenas de frustración, dudas, temores, dolor, resentimiento, etc. Y
resolver todo aquello que pueda infundirnos temor debido a nuestra incapacidad
para afrontar con responsabilidad y excelencia la etapa en la cual nos
encontramos. Debemos instruirnos,
equiparnos, informarnos.
Todos dedicamos
tiempo y fuerzas en el aprendizaje de nuestras primeras capacidades, necesidades
y obligaciones, como caminar, comer, ir al baño, lavar nuestros dientes,
amarrar nuestras correas, peinarnos, bañarnos, hablar. Aunque la mayoría de nosotros ni siquiera
recordemos cómo lo hicimos ni cuánto nos costó.
Luego vienen
aquéllas cosas de las cuales ya tenemos memoria: pintar, recortar, pegar, leer, escribir,
sumar, restar, multiplicar, dividir, … y a esta lista se van agregando tantas
cosas que no nos alcanzaría un día para enumerar todo aquello que va
conformando nuestra vida, nuestra individualidad, nuestra identidad.
Una cosa
debemos tener todos en común: nuestra
felicidad. No importando lo que hayamos
escogido hacer, el camino que hayamos decidido seguir ni lo que hayamos logrado
de ello, todos debemos tener el común denominador de la felicidad.
Todos nacemos
para ser felices.
Dios nos
concede la vida para conocer la felicidad.
La felicidad de existir, la felicidad de ser únicos, la felicidad de descubrir,
de desarrollar, de sentir, de aprender, de comprender, de crecer, de disfrutar,
de luchar y vencer, de amar y vivir.
Si nos tomamos
el tiempo para observar a los recién nacidos, sin ningún prejuicio ni ánimo de
comprobar nada, vamos a darnos cuenta de que hemos dirigido de tal modo la vida
hacia el materialismo y el egoísmo que estábamos fallando en darnos cuenta de cuán
gran tesoro nos ha sido otorgado y cuán poco se nos ha enseñado en realidad
acerca de la vida.
¡Cuán frágil,
cuán indefenso, cuán diminuto es un bebé!
Lo único que puede hacer por sí mismo es llorar para expresar una
necesidad que no podemos conocer más que por observación o intuición. Sólo si
yo le he dado de comer sé que no puede ser hambre, … podría ser frío o
calor, tal vez su pañal está sucio, tal
vez está aburrido de estar en la misma posición o tal vez siente alguna
picazón, … o tiene tal vez un pequeño dolor de estómago porque no salieron bien
sus gases después de comer …
Debido a
nuestro desconocimiento fallamos en cuidar como conviene a nuestros preciosos
tesoros desde un principio. Las
costumbres, las supersticiones, la falta de temor de Dios, el miedo, nos alejan
del amor protector que tiene la capacidad de instruirse y ocuparse de las
necesidades de estos pequeños retoños.
Con sólo verlos
hay algo que nos hace saber que estamos ante algo que demanda gran
cuidado. Sabemos que deben ser tratados
con cuidado, delicadeza y ternura.
¿Quién de
nosotros permite que nuestro hijo de 10 años se suba al carro y lo agarre para
aprender a manejarlo? ¿Quién no toma todas las precauciones necesarias para que
no vaya a arruinar la caja de velocidades al querer cambiar sin empujar el
clutch? ¿Quién de nosotros permite que su bebé de 7 meses juegue con su tel.
celular? ¿Qué arquitecto, ingeniero o diseñador gráfico permite que su hija
juegue con sus planos y dibujos en la computadora? ¿Qué cirujano permite que la enfermera
dirija la operación?
Hemos logrado
avanzar grandemente en cuanto al conocimiento de las ciencias y hemos entendido
que la vida es algo muy frágil que está sostenido por un orden perfecto, por lo
cual es imposible alterar el orden sin ver consecuencias negativas de
ello. Hay errores pequeños, hay faltas
que pueden ser fácil y rápidamente corregidas, y hay desviaciones dramáticas
que llevan las cosas hasta la destrucción total o la muerte (un medicamento
equivocado en un paciente delicado, no respetar un alto o semáforo en rojo,
jugar con animales mortales como la ballena asesina, el tiburón, el caimán o la
serpiente, etc.). Pero apenas estamos
empezando a entender que el ser humano no es solamente un cuerpo y un cerebro,
sino está básicamente sostenido por su corazón.
La vida
materialista, como ha quedado comprobado a lo largo de toda la historia,
conduce al hombre a la ambición, al hambre de poder, de dominio, al irrespeto
del libre albedrío y a transgredir las leyes de Dios que son perfectas en
verdad y justicia. Si no hemos logrado
que haya respeto entre el esposo y la esposa, entre el padre y el hijo, entre
el maestro y el alumno, cómo esperamos que haya respeto entre las naciones, las
razas o las religiones?
El mandamiento
que Dios le dio al Hombre fue el de amar a Dios sobre todas las cosas
(reconocerlo, respetar su orden, obedecerlo, y finalmente adorarlo) y a su
prójimo como a sí mismo. Al reconocer a
Dios y obedecerlo nos sabemos amados por El:
estamos recibiendo y agradeciendo todas sus bendiciones: habilidades,
salud, recursos, logros, etc., y al sabernos amados podemos ejercitar el amor
propio y extenderlo al prójimo.
Según el
mandamiento de Dios el amor al prójimo sólo es posible en la medida en la que
yo me amo a mí mismo/a.
Cualquiera que
desea amar y no ha logrado el amor propio como sabe que pudiera o debiera ser,
tiene una gran oportunidad en sus hijos.
El corazón dispuesto es como un par de ojos abiertos. Se tiene la capacidad de ver, reconocer y
aprender.
Al acercarnos
a ese precioso hijo/a con la disposición de amarlo se inicia un proceso de
descubrimiento hacia adentro y hacia afuera.
A medida que descubro a mi hijo, voy descubriendo áreas iguales en mí, o
bien, áreas diseñadas para funcionar de la mano con las de mi hijo, así como
mis limitaciones y la grandeza del amor de Dios a mi alrededor.
Cada uno tiene
su propio temperamento, sus propias inclinaciones, sus propias
habilidades. Con nuestros hijos vamos a
descubrir la belleza y la importancia de la individualidad y la trascendencia y
justicia de Dios en Sus leyes perfectas.
El amor doma,
somete y descarta el egoísmo, el orgullo y todos sus derivados: celos, envidia,
falta de perdón, competencia, vanidad, materialismo, insensatez, etc.
Al haber un
ambiente de amor va a gobernarnos y rodearnos un espíritu de libertad que irá
encaminando todas nuestras decisiones y acciones al bien común: la felicidad,
la justicia, la plenitud.
Con mi hijo
voy a redescubrir tanto las cualidades como los defectos que como parte de la
raza humana todos traemos dentro: la
curiosidad, la persistencia, la habilidad de razonar y relacionar, la capacidad
de recordar y aprender, la inclinación hacia una u otra cosa, la necesidad de
ser dirigidos, protegidos y disciplinados, el hambre de amor y la docilidad
para responder a él, etc.
Entonces nos
será totalmente fácil entender que muchas de nuestras fallas se deben a que no
fuimos guiados y enseñados en amor, sino en temor. Se nos enseñó a temer el castigo y a
someternos para evitarlo. No se nos
enseñó a temer a un Dios bueno y justo que nos colma de cosas buenas al caminar
en Sus leyes voluntariamente por amor.
No se nos enseñó a encausar nuestra identidad en la libertad del amor,
sino que se nos encerró en un círculo tan pequeño que ya no tuvimos espacio
para descubrirnos y poder dirigir nuestra individualidad hacia la corriente de
la vida.
Es muy
importante que veamos la individualidad de nuestros hijos como un tesoro a
cuidar. Debemos descubrir sus
habilidades, sus dones, su temperamento, … comprender sus temores, sus ansias,
sus sentimientos, … debemos tener el cuidado debido para protegerlos y guiarlos
sin limitarlos ni extraviarlos, alejándolos de su identidad nata. Podemos y debemos impartirles valores,
principios, enseñarles virtud, ayudarles a formar su carácter, pero nunca quebrar su amor propio ni su fe en la bondad,
la felicidad, la libertad y el amor. A
través del ejemplo y la presencia, con paciencia y misericordia, con fortaleza
y perseverancia, con inteligencia y sabiduría debemos apoyarlos para vencer sus
debilidades y cultivar sus fortalezas. Y
nosotros mismos debemos examinarnos constantemente, con toda honestidad y
humildad, estando dispuestos a reconocer toda falta e imperfección para
continuar junto a ellos nuestro propio proceso de crecimiento, madurez y
persecución de la perfección. Aún
habiendo logrado nuestro potencial y plenitud en carácter el encuentro con cada
ser humano representa una nueva aventura, especialmente tratándose de niños, pues
estos se encuentran en un constante cambio y crecimiento. Hay etapas de dolor, de lucha, de
desesperación, de desánimo, y todo esto debe vencerse a través del
entendimiento correcto del funcionamiento de la vida. Comprendiendo las etapas correctamente y
afrontándolas con valentía y amor podemos transformar el dolor y la
desesperación en reto y aventura, así como la desesperación y el desánimo, … premiando el esfuerzo y no el
logro. Valorando y exaltando la actitud
correcta y no la conquista, y aceptando toda renuncia con misericordia y
benignidad, con paciencia, fe y esperanza, esperando el tiempo oportuno para
retomar el esfuerzo y renovar el intento.
El amor es
nuestro guía, nuestro termómetro, nuestro medidor de presión, … nuestro mejor
consejero y maestro, así como el que nos recompensa constantemente y nos anima
a continuar por el camino de la vida, la unidad, la fuerza, el consuelo y la
felicidad.
Nunca debemos
permitir que nuestros hijos reciban mensajes ni información negativa y
destructiva acerca de sí mismos, ni de su entorno. El amor nos llena de sabiduría para ir
adelante y afrontar la realidad y transmitirles la verdad con un profundo
sentido de seguridad.
Es importante aprender a elogiar y animar siempre todo lo positivo primero y luego hablar de aquellas cosas que necesiten atención, cambio o incluso reprensión (esta última se aplica solamente al haber rebelión).
Es importante aprender a elogiar y animar siempre todo lo positivo primero y luego hablar de aquellas cosas que necesiten atención, cambio o incluso reprensión (esta última se aplica solamente al haber rebelión).
Nuestros hijos
deben saber que estamos allí para amarlos, comprenderlos, guiarlos,
protegerlos, proveerles y ayudarlos para desarrollar su potencial para llegar a
ser personas autosuficientes, capaces de aportar en su sociedad y en la Tierra,
según los dones que el Creador depositó en ellos según Su bondad y soberanía.
No debemos imponer nuestras preferencias, gustos o perspectivas, sino compartirlas con ellos para darles una opción en la vasta gama de posibilidades que la vida nos ofrece.
No debemos imponer nuestras preferencias, gustos o perspectivas, sino compartirlas con ellos para darles una opción en la vasta gama de posibilidades que la vida nos ofrece.
Vivir es un
arte que todos debemos aprender. La vida
no puede ser manejada con palabras, pero la validez y valor de ellas tampoco
deben ser desconocidos ni subestimados.
Como personas amorosas e individuales debemos descubrir la mezcla
perfecta de ingredientes para hacer de la vida algo maravilloso dondequiera que
nos encontremos: ingenio, paciencia,
iniciativa, misericordia, fuerza, inteligencia, alegría, perdón, comprensión,
observación, ejemplo, humildad, presencia, servicio, verdad, perseverancia,
provisión, abnegación, ternura, afecto, …
El secreto de la felicidad está en hacer lo
que debe hacerse en el momento en el que debe hacerse. Aprender de las experiencias de otros, de
aquéllos que nos preceden, y vivir al día, no arrastrando el pasado ni
evadiendo ni temiendo el mañana contribuirá
grandemente a una más pronta felicidad, así como a una felicidad más
real y duradera.
Ver la pureza,
la espontaneidad, la capacidad para perdonar, aprender y disfrutar de nuestros
hijos renovará una y otra vez nuestra fe en el amor y nos mantendrá anclados a
la verdad.
Como padres
debemos: En la primera etapa de
descubrimiento, de los 0 a los 10 años:
pro-tegerlos, enseñarles (la verdad pura), guiarlos, disfrutarlos,
compartir con ellos nuestras vidas. De
los 10 a los 20: defenderlos, protegerlos, ayudarlos en donde ellos lo
necesiten aunque no lo reconozcan, respetar su individualidad. De los 20 a los 30: estar allí para ellos cuando nos necesiten,
ser sus amigos, comprenderlos, apoyarlos en todo lo que esté bien, y hablarles
claramente en cuanto a todo lo que consideramos malo para ellos. A partir de la cuarta etapa sólo podemos ser
parte de sus vidas tanto como ellos lo deseen y permitan.
En la primera
etapa son nuestros, nuestro privilegio y nuestra responsabilidad. En la segunda, aún son nuestra
responsabilidad, pero empezamos a soltarlos para enseñarles a volar solos. En la tercera debemos aprender a dejarlos
volar solos y a reaprender a vivir sin su cercanía ni dependencia de
nosotros. En la cuarta ya todo depende
de las decisiones que ellos hayan tomado y del rumbo que tomen sus vidas.
La segunda
etapa es la más conflictiva y dolorosa porque se da el desprendimiento. Ellos empiezan a disfrutar ser ellos mismos y
a dejar de ser niños para pasar a ser adultos.
Entre más grande sea el cambio del niño al adulto más difícil será esta
etapa para los padres. Pero eso es
amar. Para eso es el amor, para
compartir, comprender, y llegar a la madurez que nos concede la felicidad
individual lícita, dándonos un infinito de posibilidades en la tierra, y
definiendo nuestro destino eterno en la presencia del Creador más
adelante. El secreto de la felicidad
está en disfrutar cada día, cada momento, cada etapa, sin anhelar el mañana ni
repudiar el ayer, sino aprendiendo, enriqueciendo nuestras vidas y aceptando lo
que venga. Lo que ya vivimos nada ni
nadie puede arrebatárnoslo, y estará en nuestro cofre de tesoros a lo largo de
toda nuestra vida. Para ellos también
puede ser difícil esa segunda etapa porque deben respetar nuestros valores y
principios, aunque no los compartan, mientras vivan bajo nuestro techo. (No debemos confundir esto con aceptar, pero sí respetar.)
No importando
para quién sea más doloroso, difícil y duro, y para quién sea más agradable,
dulce y prometedor el separarse al partir los hijos e irse del nido, es un
cambio dramático en la vida. Debemos
estar conscientes de esto, y debemos comprender que tanto los padres como los
hijos necesitamos esta separación debido a la individualidad y al madurez. Si se da que la afinidad entre los hijos y
padres sea tal que la relación se mantenga estrecha, será algo grato para ambas
partes. Pero esta no es la regla. Debemos, por lo tanto, abrazar los momentos
que nos son otorgados, los años de convivencia, para no lamentar no haber
vivido intensamente y al máximo un tiempo que jamás volverá y que nada ni nadie
podrán reponer.
Doy gracias a Dios por el más grande tesoro
que he recibido de El desde que estoy sobre la faz de la tierra, y ese tesoro
son mis dos preciosos hijos.
Los
tesoros se guardan, se protegen, se tienen por algo honroso, nos conceden
seguridad, nos exaltan, nos llenan de paz y alegría, son un seguro y una razón
de fiesta, … ¡celebremos cada día nuestro precioso haber y vivamos agradecidos
por tan gran privilegio y tan bella responsabilidad!
“Pues no habéis
recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que
habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos : ¡Abba Padre!
El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.” Rom. 8:15-16
"Cuando te conviertas en padre recuerda:
Los hijos son enviados a través de nosotros - no a nosotros."
"La maternidad es tener una sociedad con Dios."
Seasons of the Heart
Recomendaciones:
Libro: "Cómo criar hijos con actitudes positivas en un mundo negativo." de Zig Ziglar
Blog: "La Lengua"
Canción: Whitney Houston, "The greatest love of all"
Libro: "Cómo criar hijos con actitudes positivas en un mundo negativo." de Zig Ziglar
Blog: "La Lengua"
Canción: Whitney Houston, "The greatest love of all"
Hogar, dulce Hogar
Peluches, colchitas y juguetes musicales.
Las almohaditas también esperan
la llegada del nuevo ser, al que todos añoran.
Ropita en suaves colores pastel, para él escogida,
junto a la cuna en donde pasará
los primeros días de su vida.
Un hombre y una mujer
sus vidas en amor han unido.
Este camino, juntos, han decidido recorrer,
formando un nuevo nido.
Con muchos sueños por delante,
y con paso constante,
metas anhelan alcanzar;
con fuerza y paciencia,
con fe y perseverancia.
Pronto ha de oirse en el corredor
una vocecita más, fruto de su amor.
Cada cosa está ya en su lugar:
La cocina, coqueta y bien equipada,
para exquisitas comidas preparar;
El elegante comedor,
en donde gratas veladas han de pasar.
La sala, bellamente arreglada
para allí cómoda y largamente descansar
y con los invitados poder conversar.
Los baños adornados de lindos colores
y los adornos y las flores aportando deliciosos olores.
Para la limpieza y la provisión
también hay organización.
Todo ha sido provisto;
ya todo está listo.
Para unidos en amor crecer:
dar y recibir,
llorar y reir,
luchar y vencer (y nunca perder,
pues el amor tener y en él permanecer
la victoria segura es),
Dios ha dispuesto un lugar:
es el hogar.
Al este camino juntos recorrer
constantemente hemos de aprender y crecer
hasta un día, nuestro propio camino escoger;
para nuevas cosas descubrir
y otros sueños perseguir.
Pero siempre, siempre, siempre,
a ese lugar que nos ayudó a crecer
podremos, una y otra vez, volver;
a donde nuestros ojos aprendieron a ver
y a la vida apreciar y reconocer:
Pureza, paz, unidad
justicia, alegría, fidelidad.
Dondequiera que vayamos
en el corazón lo llevamos,
y dondequiera que estemos
uno más estableceremos.
Hogar, dulce hogar,
donde la paz siempre se ha de hallar:
Calor y devoción,
descanso y provisión,
justicia y libertad ,
amor y verdad.
Dulce, de verdad.